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31 Enero 2013

"Nunca me he puesto etiquetas, le temo a los estigmas" "No me aburro, llevo la musa en un bolsillo", confiesa Luis Enrique Camejo (Pinar del Río, 1971) cuando le pregunto sobre la inspiración.

 

Publicado: Enero 17, 2013

Él es de esos artistas que siempre están inmersos en una vorágine de pensamientos que conllevan a la acción. Las ideas interesantes le vienen de la vida, y del propio arte, del cine, de la literatura… Es un hombre observador. Incluso descubre nuevos conceptos mientras conversa, fuma un tabaco y bebe un sorbo de café; lo delata su mirada meditabunda, muy parecida a la de quienes intentan desentrañar místicamente el futuro.

Lo más probable es que su musa también habite en el jazz, y en otros sonidos que acompañan su proceso creativo. Ritmos discretos, agudos, espeluznantes, e improvisados, resuenan en el estudio —muy cerca de la esquina de Tejas, en el Cerro habanero—, donde Camejo se entrega diariamente a su faena. Prepara pinceles, sitúa el caballete, busca agua, deposita y mezcla el color dentro de una palangana, moja toda la superficie de la tela: “Es un proceso muy relacionado con la acuarela —me comenta—. Respeto mucho esa técnica y siempre llego a ella. Aunque se emplea en formatos pequeños, he tratado de extrapolarla a los cuadros grandes”. Así recrea bicicletas, peatones, luces citadinas, automóviles, grandes carteles…

Recientemente compilaste, en el libro Malecón, una serie de tus pinturas dedicadas a ese espacio urbano. ¿Qué es lo más sugerente del lugar?

El malecón es como el desagüe de la ciudad, creo que nadie le había dedicado tantos cuadros. Es donde la gente va a ahogar sus penas y a ver el mar. Es la frontera entre La Habana y lo que queda más allá. Es una zona bastante concurrida, la visita desde el más fino hasta el más retorcido. Desde el punto de vista técnico es un sitio que en las composiciones me ha ayudado a crear un contraste entre el ruido de las calles y la tranquilidad absoluta del abismo, de la nada.

¿Nunca te has sentido identificado con los paisajes rurales?

Con catorce o quince años vine a estudiar a la Escuela Nacional de Arte (ENA). Esa es la edad en que empiezas a tener tus amistades y a crear tus propias valoraciones. Salir de Pinar del Río, llegar a la capital, encontrar la cinemateca, ver ciclos de Tarkovski y de Bergman, despertaron en mí el interés por el arte y la cultura universal. Era como descubrir el mundo. Establecí vínculos profundos con la ciudad, con la urbe.

En cuanto al paisaje rural, creo que hay demasiada gente que lo trabaja, aunque ha tenido muy buenos representantes, pinareños y del resto del país.

Perteneces a una generación de artistas que, desde los años noventa, tuvieron mayores posibilidades de inserción a nivel internacional. ¿Cómo influyó ese contexto, esa circunstancia, en tu obra?

En los noventa todavía estaba estudiando en el Instituto Superior de Arte (ISA). La obra que yo hacía no respondía a las necesidades del momento. He estado un poco desfasado en ese sentido. Muchos amigos, contemporáneos conmigo, tuvieron otro tipo de inserción internacional, por el trabajo que realizaban, más narrativo, relacionado con la sociedad cubana y lo que estaba sucediendo en esos años. A mí me interesan más los problemas inherentes al arte que aquellos, vinculados a la sociedad, sobre los que puede hablar el arte. Eso me hizo “retrasarme un poco”. Cuando me preguntan: ¿de qué generación tú vienes?, no me anoto en ninguna, si acaso en la última, porque siempre estoy interactuando con gente muy joven.

Nunca me he puesto etiquetas, le temo a los estigmas. Sencillamente, he tratado de ser lo más sincero posible con mi trabajo, de complacer primero mis propias exigencias.

¿Cuáles son tus exigencias?

Intento realizar una obra que atribuya propiedades al mismo discurso de la pintura.

Has hablado de tu interacción con los jóvenes. Fuiste profesor del ISA durante más de una década. ¿El ejercicio docente le aportó algo al pintor?

En mis clases yo no respetaba un programa, lo que hacía era establecer un diálogo con cada alumno. Es muy satisfactorio, porque encuentras las lagunas que tienes en las dudas de los estudiantes; en las preguntas que te hacen, descubres tus respuestas.

Estuve veinte años de mi vida en el ISA, primero estudiando, luego enseñando. Lo recuerdo como mi mejor momento. A cada rato visito con nostalgia la institución, que ha sido el faro del arte en Cuba.

¿Por qué abandonaste la pedagogía?

Entre otras cosas, porque las exposiciones y los proyectos internacionales me ocupaban mucho tiempo.

¿Qué fenómenos interesantes puedes ver en el arte cubano emergente?

Actualmente el artista tiene más posibilidades de viajar. Los jóvenes acceden a una información que no estaba al alcance de otros hace veinte años. Pueden confrontar su obra con otros termómetros, por lo que el nivel de madurez es mayor. No es lo mismo leerte un libro de historia del arte, que ir al Louvre, al Prado o a la National Gallery, y ver un cuadro de verdad. En Cuba, a pesar de las limitaciones en materia de comunicación, el flujo de información es cada vez más intenso. La gente trae libros, catálogos… yo mismo cuando viajo los traigo. Mis estudiantes encontraban puntos de contacto con otros artistas.

Además, ahora cualquiera puede vender una obra. El hecho de ganar dinero con algo salido de tus propias manos, y de revertir esa ganancia en el proceso de producción, convierte a los artistas emergentes en autosuficientes.

¿Concibes la creación como un acto de libertad?

Por eso soy artista. Desde muy pequeño abría las libretas rayadas —porque no tenía lisas—, y en ellas dibujaba todo lo que veía; para mí era algo por lo que nadie me iba a regañar.

¿Cómo llegaste a los paisajes urbanos, casual o intencionalmente?

Al principio comencé a trabajar con tierra, era matérico, cercano al informalismo europeo, a la obra de Antoni Tapies. Poco a poco me fui metiendo en la pintura, casi accidentalmente. Luego, leyendo un libro sobre la opción analítica en el arte moderno, comenzó a interesarme el impresionismo, a partir de la teoría, no de la visualidad. El autor del texto expresaba que Seurat, al yuxtaponer colores y no mezclarlos, estaba creando el discurso de la superficie pictórica. Empecé a jugar con esas terminologías. Pasé por lo autorreferencial, con autorretratos.

Creo que llegué a los paisajes urbanos con la fotografía. Con mi primera cámara tomé unas imágenes movidas y dije: ´voy a trasladar esto a la pintura, a ver qué tal´, y me gustó el resultado. Aposté por los cuadros monocromáticos y encontré una manera de condicionar la mirada. Es como ver la realidad a través de un filtro, o caminar por la calle con un Ipod y audífonos en los oídos, sin poder escuchar lo que sucede a tu alrededor. Pienso que es una obra más cercana a lo psicológico que a lo anecdótico. Habla de la individualización de la vida.

Desde el punto de vista conceptual trabajo sobre la instantaneidad. Utilizo la fotografía como boceto, aunque no la reflejo fielmente, no tomo todos sus elementos; pongo, quito…, después voy directamente a la tela. Otras veces veo una escena y escribo la traducción literaria de la situación que me interesa representar.

El montaje es una parte importante en la postproducción cinematográfica, de hecho así titulé una de mis muestras (Montaje, 2011). Cortas, pegas, conduces la secuencia. Así hago mis cuadros, tomo una fotografía, la edito, y pinto la imagen que quiero que salga. Hay otras obras mías que son fotogramas tomados de películas como Blade Runner, Ladrón de bicicletas, Memorias del subdesarrollo… Buenos cineastas, entre ellos Federico Fellini, Fernando Pérez y Tomás Gutiérrez Alea, me han influenciado desde el punto de vista visual y con sus ideas.

En tus cuadros hay días lluviosos y soleados, ¿cuáles prefieres?

Me gusta la lluvia, lo tormentoso. Quizá es un matiz romántico que imprimo a la pintura. Debe ser también porque nací en enero y el frío siempre me acompaña. Cuando llega el invierno aumenta mi etapa creativa. Los paisajes nebulosos, con la pátina que le pongo, tienen más relación con mi personalidad. El verano no, creo que me quema las neuronas. 

 ¿Qué horario es más cómodo para pintar?

No tengo nada definido, pero es mejor pintar de día, por la mañana preferentemente. En mi etapa de estudiante me acostumbré a trabajar de noche, porque tenía que ir a clases. La madrugada tiene su olor, es la quietud total; hay paz, calma…, pero el tiempo va pasando y hay que aprovechar las noches para descansar. También soy padre de familia, tengo que atender a mis dos hijos, cocinarles, controlarles la dieta, leerles cuentos antes de dormir. Trato de pintar cuando ellos están en la escuela.

Escuchas música cuando pintas, ¿te motiva?

Siempre. El jazz tiene mucho que ver con la pintura, es muy experimental. Además escucho a Led Zeppelin, Jim Morrison… Soy de formación rockera. También me gusta la música contemporánea, el techno.

¿Es difícil ser original?

Nunca me ha gustado repetir lo que hacen los demás, no sé si es por capricho. Trato de buscar lo diferente. El arte es una manera de vengarse del olvido, pero uno nunca sabe si va a llegar a ser original. Ya te dije, le temo a los estigmas. El artista se enfrenta a dos peligros grandes: uno es el deseo de ganar un sello, de ser reconocido, y el otro, que es mucho peor, es cómo no repetirte.

Uno de los ejercicios que yo inconscientemente hago es que siempre estoy inventándome proyectos. No es cambiar arbitrariamente para ser novedoso, sino no temer a buscar cosas nuevas en tu propio trabajo. Particularmente me interesa la pintura y que mi obra se vuelque sobre la investigación; me he mantenido en esa línea. Lo más importante es quedar bien consigo mismo, y que la representación sea convincente.

En Mayo, Luis E Camejo realizara una exposicion personal en Panamerican Art Projects, Miami.

— Karina Durant

Karina Durant (Guantánamo, 1985). Periodista, graduada de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2008). Sus trabajos han sido publicados en periódicos nacionales de Cuba y en la televisión de la agencia latinoamericana Prensa Latina.